martes, 23 de octubre de 2007

Las tertulias marujiles tambien podrían educar un poco

Hoy hemos vuelto a tener noticia de un acto de violencia injustificada. ¿Un caso de analfabetismo emocional o de alguna patología? Probablemente no lo sabremos nunca. Un chaval en el metro de Barcelona, Sergi Xavier M. M, reacciona ante la mirada reprobadora de una joven que oyó sus comentarios racistas mientras hablaba por el móvil, y decide darle una paliza. La agresión fué captada por la cámara del metro, en la que se aprecia tambien que nadie se movió.

La primera reacción, la de las emociones más primarias, es la indignación. Indignado debía estar tambien un pasajero cercano que observó la paliza, incluyendo la patada en la cara y el manoseo humillante del pezón izquierdo. Poco pudo hacer. ¿Atacar? Difícil. El joven enfurecido era mucho más grande que él y hubiera acabado hecho papilla. ¿Salir corriendo? Imposible, el tren estaba en marcha. Solo quedaba la opción de quedarse "tieso" y esperar. Los comentaristas de los medios lo reconocieron enseguida, evitándole la vergüenza pública y la humillación personal, aunque seguramente siempre le quedara la duda al pobre. Si le hubieran enseñado en el colegio el funcionamiento de las emociones primarias quizás se hubiera evitado que tuviera sentimientos de cobardía.

Lo útil, lo verdaderamente útil, es que alguno de los que dieron la noticia en los corrillos de la TV matinal nos hubiera informado del trabajo científico que se está realizando, y que está por todas partes en internet, en lugar de sentarse a juzgar la morbosa situación en plan tertulia, repitiendo el vídeo de forma casi compulsiva.

El tema lo trató no hace tanto tiempo Ramon Jaúregui en el diario El Mundo : "A los violentos no se les debería definir como «criminales», «pecadores» o «malnacidos", decía.

Antes que Jaúregui lo había dicho Emile Coccaro, catedrático de Psiquiatría de la Universidad de Chicago, y autor del libro El cerebro del violento, que fué quien realizó los primeros estudios con voluntarios utilizando el fármaco fluoxetina: "Una vez que establecimos que existía una relación entre la serotonina neurológica y la agresividad impulsiva, se vio que cuando se tiene un bajo nivel de actividad de la serotonina es posible tener agresividad impulsiva".

Pero no todo el mundo responde de la misma forma a este tipo de experimentos. Algunos necesitan otro tipo de tratamiento en el que se incluya tambien el aprendizaje: La mejor manera de tratar a estas personas es con una combinación de un tipo de psicoterapia – que llamamos gestión de la ira – y una terapia con fármacos", dice Coccaro.

Antonio Damasio, neurólogo portugués y catedrático de Neurociencia y Neurología de la Universidad del Sur de California, Premio Príncipe de Asturias, sintetiza la situación del conjunto de los violentos: "No podemos hablar (...) tomando en cuenta un sólo factor, o una causa: ya sea un fallo en la cultura y la sociedad, o un fallo en la educación, o un fallo en el cerebro; ya sea causada por los genes al crear un mal circuito o causada por daños en el cerebro. Realmente tenemos que pensar en la violencia como un resultado, que se produce en circunstancias específicas en un contexto dado, en individuos que tienen un cierto historial de desarrollo, y en individuos que también tiene una larga historia evolutiva tras de sí: porque en tanto que seres humanos no acabamos de nacer hace un instante, tenemos toda una historia evolutiva detrás nuestro"

Y de esta historia evolutiva ¿que sabemos? En realidad poco, aunque afortunadamente ya empieza a darse en algunos centros de enseñanza secundaria algo de información sobre la configuracion del cerebro humano, como podemos ver en esta lección de un instituto de enseñanza secundaria: Descubre tus tres cerebros.

Necesitamos acabar con el analfabetismo emocional, al menos mientras continúa la investigación sobre posibles alteraciones de la química cerebral porque "para alcanzar la competencia social, es necesario que a las habilidades sociales se les otorgue su horario, se las planifique y evalúe como a otras áreas curriculares", dice Alejandro Castro en la Revista Iberoamericana de Educación.

Mientras distinguimos a los enfermos de los sanos podríamos al menos educar las emociones para tratar de evitar situaciones sociales tan confusas como la que ha creado Sergi Xavier M. M.

Lectura recomendada: La mente inteligente